21 julio, 2015

“Manual de derechos en salud mental” ya es un hecho editorial con fines inclusivos

El grupo se reunió por varias semanas para elaborar el Manual, en el contexto de proyecto FONIS sobre salud mental y derechos humanos. A continuación una crónica sobre la forma en que se desarrolló el trabajo.

Por Carlos Valderrama Olmedo, grupo “Locos por nuestros derechos”

Ilustración portada: Catalina Cartagena

Desvinculadas de corpus doctrinales universales -como los derechos humanos- o bien de normatividades consensuadas –como la Convención de derechos de personas con discapacidad de la ONU- un conjunto de prácticas significativas perpetradas por profesionales de la salud mental hacia nosotros se deslizaba como un recuerdo silencioso y crítico. Aquellas experiencias vividas que nos afectaron en su momento por estar distanciadas de todo material ético, eran los motivos por los que ahora nos reuníamos. Como grupo de personas con discapacidad mental conformado por tres mujeres y cuatro hombres, fuimos convocados por un grupo de investigadores (proyecto FONIS), representados por un coordinador, para diseñar nada menos que un “Manual de derechos en salud mental”. Durante varias semanas de 2014, todos los viernes, nos reunimos en un salón de la Escuela de Salud Pública “Salvador Allende”, de la Universidad de Chile, para elaborar este documento que pretende ser un aporte al mejoramiento de las relaciones y el respeto de las personas con discapacidad psíquica y que es un realidad editorial como producto impreso y digital que vio la luz en enero de este año.

Allí, en la Facultad de Medicina, pese a la contradicción entre la ignorancia teórica (los derechos) y la sabiduría práctica (la experiencia), sentados alrededor de una larga mesa de conversación, partimos intentando responder preguntas tales como ¿qué son los derechos?, ¿en qué creemos que consisten los derechos humanos?, ¿cuáles pensamos que son nuestros derechos como personas con discapacidad? ¿cómo creemos que han sido vulnerados? Aunque muchos de nosotros ignorábamos el lenguaje formal, teníamos bastante que decir respecto a la praxis en los centros de salud mental donde nos atendíamos.

Pregunta a pregunta, fuimos respondiendo aquellas y otras cuestiones formuladas por el coordinador guía de este encuentro de subjetividades. Cada uno, cada una, contó su experiencia. Relatamos cómo nos trataban médicos, psiquiatras, psicólogas, auxiliares. Construimos desde ahí una narración colectiva que representaba cómo sentíamos que habían sido vulnerados nuestros derechos. Fueron puestos sobre la mesa los recuerdos de violencias físicas y simbólicas, discriminaciones, estigmatizaciones, desconsideraciones, ignorancias hacia nosotros, atropellos. Por esto, pese a que los derechos son un lugar común para toda clase de luchas reivindicativas, este conjunto de relatos entre/de nosotros fue cubriendo de actualidad, de permanencia a lo largo del presente, nuestro acercamiento a estos temas.

Una experiencia dolorosa que se contó en las reuniones fue la de Violeta. A los 18 años, ella se enteró de que su padre le era infiel a su madre y que incluso tenía un hijo con su amante. Quizá sea una convergencia en los modos a veces limitados que tenemos las personas con discapacidad psíquica para resolver conflictos emocionales, afectándonos más de lo común, lo que gatilló en ella una crisis de sentido que derivó, tras llorar toda una noche, en una internación en el Hospital psiquiátrico José Horwitz Barak. En esa institución, tal como le ocurriría más tarde en El Peral, fue violentada, forzada físicamente y agredida corporal y psicológicamente. La arrastraron y la doparon sin su consentimiento.

Ello parece ser moneda corriente en situaciones de crisis extrema, donde los tratos inhumanos dejan caer su sombra sobre quienes estamos en una circunstancia de cierta invalidez cuando nos encontramos en crisis. De la narración de esa experiencia de vulneración, se extrajo la idea biográfica del derecho a no recibir tratos crueles e inhumanos en los centros de salud mental del país. Fue esa la manera de trabajar a lo largo de cada sesión. Cada participante contaba su experiencia y el coordinador sistematizaba en un texto formal el derecho al que aludía. De manera que hubo un intercambio sincronizado entre la transmisión de experiencia y la formalización en un lenguaje de derechos. Además, como una forma de llegar a los profesionales de la salud mental, el Manual contiene una serie de aspectos que si bien nosotros –quienes tenemos discapacidad- desconocíamos, fueron elaborados por el profesional a cargo con el fin de ampliar la audiencia y llegar con un mensaje doblemente significativo, como son los derechos y las recomendaciones que se proponen, a lo que se agregan perspectivas disciplinarias.

Fueron varias sesiones en las que hablamos de todo ello, de los recuerdos de nuestras experiencias. Si hay algo que pudiera llegar a ser el conjunto de derechos que se sistematizó a partir de lo conversado y dicho, eso no sería sólo el Manual que se logró configurar, sino además una memoria conjunta de vivencias que sustentan como trasfondo histórico común a los diversos derechos. Esas vivencias vienen a representar las historias de muchas personas que se atienden en salud mental, sea pública o privada.

Así, comprender que las personas con discapacidad psíquica tienen ante todo un derecho a la libertad de expresión, está en la base de un reconocimiento ético referido a creer que cada ser humano tiene una historia que contar, una construcción válida de sentidos que explican el mundo, una trama de significados que van adquiriendo con el tránsito por diversas experiencias en las que le toca vivir. En suma, que por muchas crisis producto de la enfermedad que nos aqueja, existe un conjunto de capas simbólicas en las que elaboramos nuestra particular historia de vida mediante lo que podamos interpretar, vivenciar, pensar y sentir. No por padecer una discapacidad, se debe infantilizar a las personas o bien negarles el derecho a reflexionar autoconscientemente. Esa es quizá la enseñanza que deja su marca en el Manual de derechos humanos que, muy humildemente, aportamos a diseñar en sus contenidos.

Manual de derechos en salud mentalPero la experiencia no termina ahí. Nuestra intención es seguir fortaleciéndonos como grupo de trabajo (“Locos por nuestros derechos”). Para ello pretendemos socializar el Manual, escribir un libro de perfiles periodísticos de personas con discapacidad mental y seguir intentando reflexionar desde nuestra propia historia que es, creemos, el principal plus en el aporte que podemos desarrollar a nivel de cambio de malas prácticas en la relacionalidad humana –intercultural- en el trato con quienes representamos una parte de la diversidad cultural chilena.

¿Quieres tener una copia del Manual de Derechos en salud mental? Puedes escribirnos a locospornuestrosderechos@gmail.com

  • Mónica Raguileo

    Excelente iniciativa y que nos tomen en cuenta para mejorar el trato entre paciente y personal de la salud especialmente en los hospitales. Tuve la experiencia de una crisis y ser internada en un hospital psiquiátrico, aunque no sufrí maltrato de parte del personal, pero sí falta preparación y mejorar la calidad que se vive en estar internado. Yo estoy en tratamiento en Cecosam Amanecer de Temuco, aquí he sentido respeto, cariño y el esfuerzo que dan cada uno de las personas que trabajan aquí para mejorar nuestra salud mental.

  • equino

    He estado al menos 7 veces internado de urgencia en salud pública y unas 5 en salud privada, puedo decir con toda libertad que a estas alturas ya sé moverme ahí, como un hampón que ya conoce la calle, la cárcel y sus métodos.

    Con que te den tu S.O.S. a pedido y te enseñen a no cruzar una línea imaginaria que es la de la comodidad ajena (asumir que a nadie le interesan tus problemas ni tu punto de vista), el resto es para enjuagarse la boca…